miércoles, 20 de julio de 2016

Por Juliana (Colibrí de Oro)





William, el ángel indeciso, se sentía muy confundido. Un día creía con fervor en el Arcángel Miguel y en su consigna: “Quién como Dios”, pero al día siguiente amanecía pensando que tal vez Miguel estaba equivocado, y que más bien Lucero de la Mañana, el Arcángel rebelde, era quien tenía la razón con su consigna: “Quién como yo”. Atormentado, sin saber cómo salir de las arenas movedizas de la duda, el ángel indeciso llegó incluso, en más de una ocasión, a formar parte de dos ejércitos opuestos a lo largo de un mismo día. En la mañana podía defender la causa de Dios Padre, siguiendo fielmente la guía de Miguel, para en la tarde luchar en contra de esta causa, bajo el mando del Arcángel rebelde. No era nada raro, ante los ojos de ninguno de los dos bandos, que esa misma noche William volviese a enlistarse en las filas de Miguel, arrepentido y prometiéndose a sí mismo que nunca más volvería a traicionar a Dios Padre. No era extraño, tampoco, verlo una o dos semanas después gritando arengas entre los seguidores de Lucero de la Mañana.

Como el ángel indeciso no logró decidirse, el azar tuvo que decidir por él. Una noche, el Arcángel Miguel se vio obligado a acudir a la opción del destierro. Ya estaba harto de luchar contra Lucero de la Mañana, quien parecía no entender que las leyes sagradas de Dios Padre son inquebrantables, y que por lo tanto una guerra en el cielo no tiene cabida. Por otro lado, tampoco estaba dispuesto a soportar a más ángeles poniéndose en contra de la Fuente Divina que los creó. La cruda realidad era que Lucero de la Mañana no iba entrar en razón, y por lo tanto desterrarlo, junto a su ejército de ángeles, era lo único que podía hacerse en ese momento. Y así se hizo. Aquella noche emblemática, el ángel indeciso se encontraba durmiendo en alguno de los camarotes del Arcángel rebelde.

Al despertar, William no vio sino un gran vacío a su alrededor, y solo sintió que caía en ese gran vacío, sin llegar a ninguna parte. De pronto, se vio a sí mismo encarnando por primera vez en el planeta Tierra. Ahora ya no era un ángel, ahora era un hombre. Un hombre que sufría. Un hombre que no sabía quién era, ni a dónde iba, ni por qué existía. Un hombre que se sentía abandonado y traicionado por todos y por todo, como si no tuviese derecho a experimentar el verdadero amor, como si estuviese destinado a buscar y buscar, sin poder encontrar nunca su auténtica casa. Fue tan dolorosa esta primera encarnación para William, que tal vez por este motivo eligió ser guerrero en muchas de sus siguientes encarnaciones. Quizá en el fondo de su alma guardaba la esperanza de que cubierto de armadura y de casco, y armado de espada y escudo, sería inmune al sufrimiento emocional, o estaría demasiado lejos de sus propias heridas internas como para volver a sentirlas. No obstante, a pesar de sus esfuerzos, la traición y el abandono lo seguían persiguiendo, encarnación tras encarnación, vida de guerrero tras vida de guerrero.

De hecho, en muchas de esas vidas, murió derrotado en plena batalla. Aquellas derrotas se debían casi siempre a algún tipo de traición o de abandono, ya fuese por parte de él hacia los demás, o por parte de los demás hacia él. Hasta que en alguna de aquellas muertes el espíritu de William dio con una luz divina que trajo para él los más bellos recuerdos de su vida de ángel.

—Ya no quiero encarnar más como hombre —dijo William ante la junta kármica—. Quiero ser un ángel.

—Aún no has aprendido bien la lección que tú mismo elegiste aprender aquí en la Tierra—, respondió la junta, de común acuerdo.

—Entonces —exclamó William con contundencia—, elijo aprender esa lección en la próxima encarnación, pero solo si después se me da la oportunidad de volver a ser ángel.

La junta apoyó la causa de William, quien volvió a encarnar como guerrero, esta vez en una pequeña aldea Hopi.

Veinte años después, varios ángeles del rayo azul lo vieron recogiendo los frutos de su  nueva cosecha en la Tierra. Él ya era un joven y reconocido guerrero hopi. Su esposa estaba embarazada, por segunda vez, y él se sentía feliz de volver a ser padre. Los dos cantaban una antigua canción heroica celebrando la chagra que habían sembrado juntos, cinco años atrás. Sin embargo, había preguntas no resueltas en el interior del joven hopi, con respecto a su decisión de ser guerrero, y a su compromiso de sostener una familia aún siendo él casi un adolescente.

Un día el guerrero hopi estaba montando a caballo, cuando de pronto vio a una hermosa mujer bañándose en un río. Se sintió tan atraído hacia aquella mujer que no pudo impedir bajarse del caballo para hablarle. Entre los dos se creó una química muy poderosa, y pronto terminaron enredados en una relación de amantes que duró varios meses. Ella pertenecía a un clan enemigo de la tribu del joven guerrero. Y esto hizo que las dudas que había en su corazón, los miedos, las preguntas no resueltas, crecieran aún más, pues no entendía cómo podía enamorarse de una mujer enemiga de su propio clan. 

Una mañana la joven amante le contó al guerrero que su tribu estaba preparando un mortal ataque dirigido al clan de él. Le comunicó la fecha en que ocurriría dicho ataque, y le dijo que le prometiera no decirle nada a nadie. La propuesta de ella es que escaparan juntos, de ambos clanes, e hicieran su vida lejos de allí. Él no supo qué hacer. Se quedó paralizado ante esta noticia. Pensó muchas noches en escapar junto a su amante, pero también pasó muchos días sintiendo que amaba a su esposa y a sus hijos, y que no podía ser tan canalla de traicionar así a su tribu. Una semana antes del supuesto ataque, su suegro, quien era a la vez el jefe máximo de su tribu, les dijo a todos que levantaran sus tipis, porque muy pronto se irían de allí, ya que en una visión él había recibido el mensaje del pronto ataque a manos del clan enemigo.

Cuando el joven guerrero se dispuso a levantar su tipi el jefe del clan le dijo que en su visión profética se le había aparecido un arcángel vestido de armadura azul, y que ese arcángel, llamado Miguel, le había dicho que él había traicionado a su hija; y no solo eso, sino que a la vez  había traicionado a todo el clan, y por lo tanto no merecía seguir con ellos. Su vida sería perdonada pero el castigo por su ofensa sería el destierro. El joven guerrero pensó en buscar a su amante para ver si aún era tiempo de huir junto a ella, pero pronto se arrepintió de su decisión y optó más bien por partir solo. Y así, anduvo solo, sin rumbo fijo durante años, durante décadas, con la culpa carcomiéndolo por dentro. Por fortuna, a sus cuarenta años, los buenos vientos volvieron a soplar a su favor. El  antiguo guerrero descubrió que lo que siempre había deseado hacer en la vida era ser cuidador de caballos, así que empezó a dedicarse a esta labor, en compañía de una sabia mujer Hopi, a quien había conocido hace poco y quien pronto se convirtió en su nueva esposa. Había pasado tanto tiempo de no sentirse amado, por nada ni por nadie, de no amar a nada ni a nadie. Y ahora de pronto, todo parecía un sueño maravilloso convertido en realidad.

Pasaron los años y el hombre cuidador de caballos vivió tranquilamente junto a su nueva esposa, en una aldea Hopi, donde todos lo aceptaban y lo querían por lo que era. Nadie sabía allí de su antiguo pasado, pues él no quería hablar de ello por miedo a un nuevo destierro. Todo iba muy bien hasta que una noche el cuidador de caballos soñó con la esposa del guerrero más poderoso de aquel clan. En aquel sueño, aquella mujer (quien además de ser muy joven hacía gala de una belleza deslumbrante), lo tentaba a tener relaciones sexuales con ella, y él, sin poder resistirse, terminaba por caer rendido ante sus encantos. Al despertarse sintió que el peso de su pasado volvía a atraparlo. Sintió que no iba a ser capaz de cambiar nunca, que otra vez iba a volver a cometer el mismo error, y que esta vez ya no habría segundas oportunidades, que esta vez se hundiría en las tinieblas para siempre. Angustiado decidió hacer una búsqueda de visión en la montaña sagrada, donde permaneció cuatro días y cuatro noches en ayuno ritual, dispuesto a recibir la visión y la ayuda de algún guardián espiritual que supiera conectarlo con su esencia divina. A la tercera noche de aquel ayuno se apareció ante él el Arcángel Miguel. El cuidador de caballos quedó petrificado de miedo ante aquella aparición. El Arcángel Miguel le dijo:

— No temas, no vengo a hacerte daño. Vengo a ayudarte.

—Perdóname por favor —exclamó el hombre cuidador de caballos—. Ya pasé veinte años vagando, sin rumbo fijo, sin amar ni ser amado, sintiéndome culpable, sufriendo.

—No me tienes que pedir perdón a mí —aseveró el Arcángel Miguel—. El que se tiene que perdonar eres tú mismo.

El cuidador de caballos bajó la cabeza, avergonzado.

—Con esta coraza y este casco —continuó Miguel, mientras envestía al hombre de luz azul— estarás protegido para que logres librar tu gran batalla, la batalla que te conducirá por primera vez a la victoria.

El cuidador de caballos agradeció las bendiciones brindadas por el corazón de la Montaña, y se dispuso a regresar a la aldea con el propósito firme de luchar por lo que más amaba: su bella mujer sabia.

Las pruebas del camino no se hicieron esperar. Antes de llegar a casa se encontró a una mujer semidesnuda agonizando al borde del río. Al acercarse a ella, descubrió para su desconcierto, que era la despampanante esposa del jefe del clan, quien al ver al cuidador de caballos rogó por su ayuda, pues al parecer había caído presa de la extraña enfermedad que estaba azotando a todos los clanes vecinos.  Sin saber muy bien qué hacer, el hombre le cantó una canción de curación a la joven, una canción que le había enseñado su abuela cuando él era un niño. Misteriosamente, esta canción hizo que la mujer se fuera reponiendo poco a poco de la asfixia que parecía estarla conduciendo a la muerte. Ya más recuperada la mujer exclamó:

—Gracias valiente guerrero, me has salvado la vida.

—No es para tanto —respondió parcamente el cuidador de caballos.

—He soñado contigo desde hace varias semanas —continuó la mujer—. En mi sueño tú y yo hacemos el amor de una forma tan romántica que lo único que puedo pensar apenas abro mis ojos es que ojalá ese sueño se volviese una realidad.

—Tu sueño no es nada más que una fiebre pasajera, así que deja de alimentar ilusiones sin sentido —exclamó él, al tiempo que se despedía de la joven.

De camino a casa el hombre hopi se sintió feliz por no haber permitido que sus impulsos sexuales se desbocaran y lo controlaran a su antojo. Esta vez se había demostrado a sí mismo que él no era ni la marioneta ni el esclavo de ellos. Sin embargo, su buen estado de ánimo se vino abajo al entrar al Tipi y al encontrar a su esposa delirando de fiebre y  presa de unas convulsiones muy extrañas.

—Hay una pluma —susurró ella apenas se sintió abrazada por su esposo—. Una pluma de águila que me entregó mi bisabuelo cuando yo era niña. Mi bisabuelo  me dijo que iba a llegar  un tiempo en que una extraña enfermedad azotaría a muchos clanes Hopi. Me dijo que cuando llegara ese tiempo yo iba a reconocer a un sabio curandero, quien con su canto traería la salud de vuelta a los nuestros. La pluma de águila está en mi bolsa de medicina —susurró ella ya casi sin voz —, por favor tráela y cántame alguno de los cantos que te enseñó tu abuela.

Lleno de dudas, él hizo caso a la petición de la mujer. Para su sorpresa, media hora después su amada maga dejó de convulsionar, y ya no tenía fiebre.

Un año más tarde el cuidador de caballos volvió a subir a la montaña, con el propósito de llevar a cabo su segunda ceremonia de búsqueda de visión. Lo primero que hizo al llegar allí fue llorar como un niño desconsolado mientras se confesaba ante el pecho de la Madre Tierra. “Durante todo este año —le dijo el hombre al corazón de la Montaña —no he hecho más que cantarle a cada uno de los hombres y a cada una de las mujeres que han caído enfermos en mi clan. Si bien me honra el hecho de que entre más canto, más dones como sanador se despiertan en mí, y más espíritus de mis ancestros acuden a auxiliarme —pues ya no es solo el espíritu de mi abuela, ahora es una multitud de voces ancestrales la que llega a susurrarme cantos cada vez que tomo entre mis manos la misteriosa pluma de águila—, si bien todo aquello me resulta grato me duele profundamente que aquellos cantos, no le están devolviendo la salud a quienes padecen la inexplicable enfermedad, pues hasta el momento ninguno de ellos se ha curado. Todo lo contrario, la mayoría ha muerto. Mucha gente me agradece el hecho de haberle ayudado a su hijo, a su padre, o a su hermano, en su tránsito hacia la muerte. Muchos me dicen que mi labor es muy valiosa, pues gracias a mis cantos los espíritus de sus familiares han descansado en paz de la mano de la Madre Tierra y del Gran Espíritu. Pero nada de aquello parece ser suficiente para mi amada maga, quien me recuerda a cada rato que la pluma de águila no es para despedir a los difuntos sino para devolverle la salud a los enfermos. Lo que más me hace sufrir es ver sufrir a mi esposa, y no poder hacer nada para aliviar su dolor. Ella ha caído enferma de nuevo, desde hace tres meses. Este hecho me tiene desconsolado, y no sé qué debo hacer. No sé si lo que ella necesita es morir en paz y entonces lo correcto es ayudarla en ese proceso, o si más bien lo correcto es luchar por salvarle la vida. Ella me recalca, una y otra vez, que yo soy capaz de curarla, pero que yo no creo, que ese es mi problema: la falta de fe. Yo quiero creer, pero no sé cómo hacerlo”.

Al amanecer, el cuidador de caballos sintió que un poderoso canto llegaba a él, un canto que lo unía al corazón de la montaña. Según las enseñanzas de los abuelos, recibir un canto en medio de una búsqueda de visión significa recibir un regalo de los dioses, un mensaje de los ancestros, y una inmensa bendición por parte del Gran Espíritu. Tal vez por eso, queriendo seguir dichas enseñanzas, el hombre tarareó aquel canto, día y noche, hasta que se completó su ayuno ritual, y luego siguió cantándolo de regreso a la aldea. Durante el siguiente año ese canto fue su brújula, fue su faro, fue el bastón que no le permitió desfallecer en medio de las tempestades que lo sacudieron sin clemencia. Y es que los fuertes vientos parecían estar dispuestos a arrasar con todo. En su clan no pasaba un mes en que no muriese alguien a causa de la extraña enfermedad. Su amada maga, misteriosamente, no moría, pero tampoco recuperaba la salud. Y entre más cantaba el hombre al pie de los enfermos, entre más ayudaba a los demás a morir en paz, más recuerdos dolorosos se iban despertando en su corazón, más fantasmas del pasado venían a recordarle la multitud de duelos que nunca hizo a tiempo. ¿Si eres capaz de llorar por los muertos de otros, por qué te cuesta tanto llorar a tus propios muertos?, le reclamaban desde lo más hondo del corazón su primera esposa, sus dos hijos y su madre —quien falleció cuando él tenía diez años—, ¿es que acaso nosotros no tenemos derecho a tus cantos milagrosos?, le recriminaban los espíritus de sus antepasados familiares, así como las almas de  cada uno de los guerreros que fue en otras vidas. Todos ellos venían y lo llevaban a un limbo donde no había flores, ni rezos, ni nadie que ofrendase su corazón para acompañar el viaje de regreso a casa matriz. Tal vez si el canto recibido en la montaña no hablara sobre el mismo tema, tal vez si no hubiese una voz angelical que no se sabe desde donde parecía decirle “ya es hora”, “entrégate”, “completa lo que iniciaste”, tal vez si su esposa moribunda no le asegurara cada noche que si él le daba una sepultura digna a todos sus muertos ella se curaría, tal vez si nada de eso estuviese sucediendo el cuidador de caballos no se habría visto nunca contra la pared, y por lo tanto nunca hubiese sacado lo mejor de sí mismo, nunca hubiese ofrendado los dolores ocultos de su corazón en nombre del amor hacia quienes alguna vez eligió como compañeros de camino.

Sin embargo, a pesar de aquella sincera ofrenda, la esposa del cuidador de caballos seguía enferma, y los hombres y mujeres de su clan seguían muriendo, semana tras semana. ¡Por qué!, gritó el antiguo guerrero cuando subió a la montaña por tercera vez. ¿Por qué esta agonía y este suplicio? ¡Ya estoy harto de todo esto!

—Porque en el fondo siempre has creído más en el mal que en el bien —respondió el Arcangel Miguel, quien se apareció de pronto entre el follaje de un árbol—. El día en que creas más en el bien que en el mal triunfará el bien en tu vida, pero eso solo lo decides tú.
—Siempre hay dos voces dentro de mí, peleándose —gimió el cuidador de caballos—. Durante este último año, por ejemplo, había una voz que me decía que la ofrenda hecha a mis muertos era en el fondo una preparación para ser realmente capaz de amar a mi esposa, desde un corazón más limpio, desde una conciencia más pura,  pero había otra voz que me decía que yo no merezco el amor de ella, pues ni en esta vida ni en cien vidas más llegaría a pagar todas mis deudas emocionales.

—Y en efecto tu esposa no se ha curado porque aún crees más en la segunda voz que en la primera. Como cuando eras ángel, y en el fondo creíste más en la palabra de Lucero de la Mañana que en la palabra de Dios Padre. El problema de todo esto es que aún no te has perdonado, pues no has comprendido el por qué de tu misión en la tierra.

—¿Cuál es mi misión en la tierra?, ayúdame a comprenderlo por favor.

—Viniste aquí porque estabas cansado de ser un ángel indeciso. Por mucho que lo intentaras en el cielo no pudiste curar tu indecisión, entonces decidiste venir a la tierra porque intuías que solo experimentando el verdadero amor ibas a curarte.

—Yo traicioné al Padre, y por lo tanto no merezco el amor de nadie.

—¿Esa es tu voz, o es la voz de Lucero de la Mañana persiguiéndote? Yo confió en que tu hermosa ofrenda no ha sido en vano, por eso te doy esta espada para que cortes de una vez por todas con cualquier acuerdo o contrato que te una a los ambiguos planes de Lucero de la Mañana. No es posible servir a dos señores al mismo tiempo.  A estas alturas tú ya debería saber eso. Si tú decides creer que Dios te ama, que él te perdonó hace mucho tiempo, y que él en realidad desea tanto como tú la curación de tu esposa y el fin de la enfermedad para los Hopi, si tú decides perdonarte, yo estaré contigo y te acompañaré en tu victoria.

Y así fue, el cuidador de caballos decidió empuñar en su mano la espada del Arcángel Miguel. Un año más tarde volvió a la montaña, colmado de gratitud y alegría. La victoria era un hecho, un hecho inquebrantable.